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CAPÍTULO SÉPTIMO: Un héroe a por otro héroeEditar

Miles de años después, una nueva luna salía en Términa. Mas no era el mismo mundo con algarabía y paz que por tanto tiempo reinó. Aquellos días eran otros, y las Diosas de Oro eran quienes ahora daban el alba y el omega. La avaricia, la peor condena que dejaron a la huella de sus rivales. Confiar en sus amigos y perdonar sus faltas… Son sentimientos que han desaparecido de sus corazones.

-Jefe criminal: ¡Es ahora cuando la Familia Real está más débil! Debemos aprovechar para retomar Lorule – Dijo al tiempo que lanzaba un cuchillo a un cuadro de la Princesa Hilda.

-Ladrona: Pero señor… Ellos solo tratan de ayudarnos…

-Jefe criminal: ¿Perdona? ¡Esa corona fue la que acabó con nuestra prosperidad! No pienso dejar que continúen con su yugo de peculado y terror.

-Ladrona: Quizás, pero podríamos unirnos a ellos para que puedan reconstruir Lorule…

-Jefe criminal: ¡Bobadas! ¿Acaso insinúas que seamos su ejército? ¿O su servidumbre? Debemos tener el poder, solo así tomaremos las riendas del Reino en el poco tiempo que le queda para el colapso.

-Ladrona: En tal caso, está muy difícil. La corona se encerró en el Castillo, y no piensan salir de allí.

-Jefe criminal: ¡Pues los dejaremos morir dentro si hace falta, pero vamos a tener el poder!

Oscuros sentimientos surgían en las gentes de Lorule. Aquella tierra que una vez se llamó Términa, ahora colapsaba por las secuelas de una sangrienta guerra. En aquellas horas, cuando la realeza había perdido todo el apoyo popular, un joven héroe sin un corazón noble se preparaba para salvar su mundo.

-Hilda: ¡Ravio! ¿Dónde estabas?

-Ravio: ¡Disculpe, mi señora!

-Hilda: Escúchame, Ravio. Estamos a punto de salvar a nuestro mundo. Aquel extranjero nos ha prometido una nueva Trifuerza, y yo, como monarca, no pienso dejar pasar esta oportunidad.

-Ravio: No lo sé, princesa… Quizás se trate de aprovechar de su buena fe, y bien sabemos que no hay una salvación.

-Hilda: ¿Y qué haremos por Lorule? ¿Rezar mienstras las Diosas de Oro se ríen de nuestras plegarias? ¿Prometer al pueblo una vida que no les podemos dar? Lo hemos perdido todo. ¡Todo! No hará daño intentarlo de esta forma.

-Ravio: Se equivoca. Si ese mundo realmente existe… Podemos llegar a un acuerdo… Pero llevarnos su tesoro sagrado solo lo empeorará todo.

-Hilda: ¡Es por Lorule!

-Ravio: ¡Lo sé! –Dijo mienstras sollozaba, al saber que ya nada podía hacer- Pero no valdrá la pena estallar un conflicto para apagar otro. Si combatimos…

-Hilda: ¡Ravio! No debes preocuparte por eso. Vé a tu casa, descansa, y mañana iniciaremos el plan.

Nuestro temeroso héroe sabía que jamás podría hacerle frente a tales antagonistas, y por ello, tomó la decisión más dura de su vida.

-Soldado: ¡Buenos días, señor Ravio! ¿Vuelve a su casa?

-Ravio: Buenos días, soldado. Sí, efectivamente, vuelvo a mi casa.

-Soldado: En tal caso, le abriré la puerta.

-Ravio: Gracias. Antes, me gustaría pedirte un favor...

-Soldado: Lo que sea, señor.

-Ravio: Dígame, si yo desapareciera, ¿Qué haría usted?

-Soldado: Me preocuparía, señor.

-Ravio: Mañana debo iniciar un largo viaje... Cuando me vaya, dígale a la princesa que me he ido a una expedición en la Montaña de la Muerte. 

-Soldado: ¿Motivo? 

-Ravio: Fui a buscar una forma de obtener comida para alimentar al pueblo, y acabar con las rebeliones.

-Soldado: ¿Sin avisar?

-Ravio: Efectivamente. Dígale que fue algo improvisado, pero pertinente para salvar al pueblo del hambre.

-Soldado: Señor... Entre nosotros;... ¿Es eso cierto... O se vá a un lugar más lejano?

-Ravio: Ojos que no ven, corazón que no siente -Dijo, mienstras derramaba una lágrima-

-Soldado: La suerte es para perdedores, ¡Éxito, mi señor!

-Ravio: Gracias, soldado. Es lo que yo le diré a nuestro héroe... Si es que existe en aquel lugar...

Con su brazalete, Ravio se dirigió a la cabaña en la que vivía Yuga. Con él, Ravio podría atravesar las paredes, y entrar al portal hacia Hyrule. Nuestro héroe meramente buscaba a su contraparte; Alguien que quizás, podría hacerse cargo de sus problemas.

No sin antes, pasar por su propia casa. En la tranquilidad, y entre lágrimas, plasmó sus sentimientos en su diario, que dejaría allí. Preparó provisiones, algunas rupias, y afiló su única espada. El arma legendaria de Lorule ya no era como antes; Estaba agrietada y oxidada, mas aún tenía algo de poder mágico. Preparado, llegó hasta la morada del cruel brujo, pero no esperaba encontrarlo allí...

-Yuga: Buenas noches, Ravio. ¿Qué te trae por aquí? -Yuga prevenía los planes de Ravio-

-Ravio: A mí no me engañas. Quizás nuestra princesa no sea sabia, ni yo valiente, mas eso implica que tú no eres poderoso.

-Yuga: ¡Vaya, un adivinador! ¿Así que conoces mis planes?

-Ravio: Si esa contraparte realmente existe, tú deberás tener planes bajo la manga. Dudo que lo hagas por pura voluntad.

-Yuga: Muchacho, voy con prisa. Si de verdad te marchas a Hyrule, no te detendré, pues yo también lo haré pronto. Pero recuerda que tú solo no harás nada. 

-Ravio: ¡Pues si tú vas por tu contraparte en busca del poder, yo iré a por la mía en busca del valor! Pero no como tú, que hasta a tí mismo te consumes, sino que yo lo haré por Lorule.

Tras discutir, Yuga se alejó, para prepararse para su partida al otro día. Ravio, sin embargo, no esperó como él, se lanzó a ese mundo que debía descubrir. No buscaba dañar a Hyrule para salvar Lorule, sino, pedir ayuda a Hyrule para salvar Lorule.

Continuará...

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